Calidad de vida en práctica: El conocimiento vivo
Foto: Ian Muttoo.
Una vez más, por medio de su columna Calidad de vida en práctica, Yael arroja una nueva luz sobre temas de todos los días. Esta vez, el complejo tema de las distintas formas de aprehensión del conocimiento.
En los albores de la escritura, los sabios pueden haber estado en contra de ese sistema de preservación de la enseñanza, y pensar que era el fin del conocimiento. Es probable que sospecharan esto porque al escribir, el inconsciente desactiva el mecanismo de memorizar, que se vuelve innecesario. Fin de la responsabilidad. En la antigüedad, los textos eran transmitidos oralmente, y quienes se dedicaban a esa noble tarea eran prácticamente libros parlantes, que memorizaban palabra por palabra. Embebían el texto de una música que permitía salmodiar la alocución, facilitando así el aprendizaje. Curiosamente, este sistema es rescatado por la novela de ciencia-ficción de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, publicada en 1953 y cuyo título alude a la temperatura en que se inflama el papel, ya que en esa sociedad los libros eran sistemáticamente quemados. Irónicamente, la solución a la que arriban los últimos defensores de la cultura escrita es la transmisión oral del conocimiento: la memorización de la obra entera, que transforma a la persona en un libro viviente. La memorización como método de estudio suele ser unánimemente rechazada en nuestra cultura. Se asocia el aprender de memoria con repetir como un loro, dejando de lado la posibilidad que existe de aprender de memoria pero asimilando el conocimiento. Pareciera ser que, en este paradigma, memoria y conocimiento son conceptos mutuamente excluyentes. En los colegios y universidades se estimula a reinterpretar los textos, a “decir lo mismo pero con otras palabras” que las que el autor usó. Sólo que ese procedimiento conlleva una pérdida importante de fidelidad a la información original, que se agrava a medida que el conocimiento pasa de un receptor a otro: cada uno tiene el deber de alterar ligeramente la forma, y aunque se intente no modificar el contenido, a la larga es inevitable que esto ocurra. La metáfora de los textos vivos plantea el interrogante tácito de si valdrá la pena preservar un saber al pie de la letra. Y para responder a él deberíamos preguntarnos si la fidelidad ocupa espacio, y si estamos realmente dispuestos a prescindir de ella. “Memorizar por memorizar no tiene gran valor. No obstante, memorizar y comprender lo que está siendo grabado tiene su valor incuestionable". DeRose, La importancia del libre pensar, Programa del Curso Básico.
Para saber más sobre el Método DeRose: MetodoDeRose.com.ar Otras ediciones de Calidad de vida en práctica: Paradigmas La respiración La naturaleza de la fuerza




El tema del conocimiento y cómo este se asimila, es algo que me interesa mucho. Y me gustó, Yael, la forma en que lo encarás. Y pienso en la palabra “decorar”, que viene de “cuore” y que da a entender la idea de aprender con el corazón.
Besos,
Anahí
Esta vez Yael se pasó. Siempre quise una explicación como esta, que condense en pocas palabras un argumento irrefutable con la certeza de lo dicho.
“…deberíamos preguntarnos si la fidelidad ocupa espacio, y si estamos realmente dispuestos a prescindir de ella…”
Jej! Gracias! ya no hay excusas…
Muy bueno Yael.
Me encanta este tema.
Lo comparto en facebook.
Cris
[...] los miércoles en el blog TuVerde. La verdad, no tiene desperdicio. Acá hago un copy-paste de la última nota. En los albores de la escritura, los sabios pueden haber estado en contra de ese sistema de [...]
[...] [Seguí leyendo acá] [...]
definitivamente vale la pena preservar este saber…me encanta tu columna Yael
Concuerdo 100%, hoy día quedan pocos pueblos que cultivan la transmisión oral de conocimiento, uno de ellos son los Aborígenes de San Blas en Panamá.
Muy interesante la nota,
Gracias