Cine verde de ayer y hoy: Local Hero

Imagen del póster promocional de Local Hero A veces no es necesario realizar una gran película para hacer una obra llena de encanto y alegría, aunque sea acerca de un tema tan serio como la construcción de una refinería y la desaparición de un pueblo. Hill Forsyth dirigió en 1983 a Burt Lancaster en una de sus últimas apariciones en la pantalla. El actor, ya mayor, seguía ofreciendo una imagen muy intensa en la pantalla: sabía moverse, mirar y hablar (su mirada espiando a Susan Sarandon en Atlantic City es inolvidable). Comedido en los gestos, hace una pequeña aparición en una película de happy ending y sabor dulce. Hasta un idílico pueblo costero escocés es enviado Macintyre (Peter Riegert), asesor de compañía petrolífera para que negocie la compra de todas las propiedades de la zona para construir una refinería. Los habitantes del pueblo ven una oportunidad para enriquecerse y no dudan en vender sus propiedades, pero la obstinación del viejo Ben (Fulton Mackay), propietario de una playa, impide el trato, echando por tierra las expectativas del pueblo. Mac sólo puede ofrecerle dinero y la playa es todo lo que Ben ambiciona; es su vida y no necesita ni quiere más. A Macintyre no le queda otra que esperar en el pueblo hasta que el viejo Ben cambie de opinión. Mientras tanto, el recién llegado se sumerge en un modo de vida que se mueve a un ritmo pausado, donde el paisaje y la comunidad lo envuelven en sus lazos. Tanto que a su jefe, Burt Lancaster, no le queda otra que ir a rescatarle (es decir, ir a buscarle para cerrar el trato).
Trailer de la película:
El viejo Ben encarna el sentimiento de apego a la tierra, esa manera peculiar en la que el paisaje y lo que ven nuestros ojos cada mañana modela nuestra manera de ver el mundo y de construir las relaciones sociales. Fotograma a fotograma se nos muestra el peculiar ritmo de las comunidades rurales que nos envuelve, ayudado por la estupenda música de Mark Knopfler. Y en medio de todo eso, aparece Burt Lancaster: serio, trajeado y sólo con dinero en el bolsillo. Una de las secuencias clave transcurre durante una fiesta local. La combinación de música, baile, alcohol y camaradería (¿por qué quedan tan bien en pantalla los pub irlandeses? ¿por qué nos da tanta envidia no poder estar allí?) crea una situación en la que se retrata toda la intensidad de la vida. Una película de personajes rurales, unos tipos y mujeres sencillos con necesidades simples: buena y abundante comida para el viejo Ben, la prosperidad y frecuente sexo para el polivalente tabernero Gordon Urquhart y su mujer Stella, o el reencuentro entre Victor Pinockin (un marinero ruso) con el pueblo, sus inversiones y los brazos de su mujer escocesa. A ellos hay que añadir otros personajes: la tierra, el mar, el cielo, que lo impregnan todo, llenando la pantalla de luz, verde y azul. Creo que voy a viajar a Irlanda en las próximas vacaciones… O, cuanto menos, a celebrar las navidades en un pub irlandés cerca de la Plaza Mayor*.

(*) La autora reside en la ciudad de Madrid.


Esta fue una nueva edición de la serie Cine verde de ayer y hoy, donde Vanessa Garvin comenta películas relacionadas al medio ambiente y a valores humanos destacables.
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