Yael Barcesat, Calidad de vida
Es profesora del Método DeRose, la sistematización contemporánea de una cultura milenaria que se transmite como un arte. Actualmente dirige el equipo de instructores de la Sede Decana del Método DeRose en Buenos Aires. Dicta periódicamente cursos teóricos y prácticos sobre esta filosofía, que propone la expansión de la conciencia en todo sentido, buscando desarrollar tanto el autoconocimiento como la conciencia del ambiente que nos rodea. Es también demostradora profesional de coreografías, que se muestran en su site, www.yaelbarcesat.com.ar

Foto: revistafast.wordpress.com
La dificultad de disciplinarse para crear hábitos deseados tiene su compensación en la facilidad para deshacerse de hábitos no deseados. La inercia es un elemento que tiende a instalar comportamientos, pero cuando ésta se rompe aunque sea por un día, se abre la posibilidad concreta de resetearse e implementar nuevas prácticas.
Los actos instalan rutinas que generan el deseo de llevar a cabo nuevamente esos actos. Actos, rutinas y deseos forman un círculo vicioso o virtuoso, dependiendo de si son elegidos o no. Podemos modificar cualquiera de esos tres momentos que determinan nuestra forma de pensar y de actuar, pero es más accesible moverse en el terreno más denso, es decir el de los actos, para producir consecuencias en los otros.
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Foto: Yonosoymike.es
En cierto punto de la novela La espuma de los días, de Boris Vian, el protagonista declara “A mí lo que me interesa no es la felicidad de todos los hombres, sino la de cada uno de ellos”. Una sutil diferencia que lo cambia todo, porque la totalidad suena a utopía y la particularidad es, por lo menos, concebible.
Apuntar a cambiar el mundo puede sonar como una meta tan ambiciosa que termine desmotivando al más entusiasta. Ahora, todos tenemos un ámbito de influencia en el cual nuestro comportamiento tiene consecuencias. Esa esfera de influencia, integrada por la familia, amigos próximos, compañeros de trabajo, constituye el primer peldaño de una escalera cuyo final no alcanzamos a vislumbrar.
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Foto: Instructora Natalia Aramburú en Mendoza.
Quien ya estuvo acostado en la hierba mirando el cielo nocturno, sin nada más en su campo visual que las estrellas y el telón oscuro de fondo, tal vez haya experimentado la sensación de caerse en el cielo. Esa percepción se debe a que no hay ninguna referencia visual que nos permita discernir entre arriba y abajo. Si nuestra mirada fuera más abarcadora y, estando acostados, pudiéramos ver el césped, el cielo dejaría de parecer ilimitado.
Algo parecido ocurre con los obstáculos observados desde la distancia: pierden solidez, dejan de parecer rocas y adquieren la consistencia de las nubes. Cuando uno toma distancia observa su cotidianeidad como un ser omnisciente, capaz de apreciar todo el paisaje de una sola vez, y en consecuencia de identificar, por ejemplo, qué lugares requieren un cuidado más esmerado para volverse habitables.
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Foto:Arte Spain
En general las cosas no nos gustan por sí mismas, sino en comparación con otras. Está más al alcance la posibilidad de disfrutar de una situación cualquiera si está próxima en nuestra cotidianeidad la situación opuesta, cuyo contraste la transforma en fuente de placer.
Se valoriza más a un ser querido cuando se siente añoranza de él, de su presencia o de situaciones pasadas. En el instante en que ocurrían, esos hechos pueden no haber sido fuente de tanta satisfacción como la que originan al ser evocados posteriormente.
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Foto: Mirame bien
Desde la antigüedad, una de las principales fuentes de vaticinios ha sido el material onírico. El análisis de los sueños siempre fue considerado de alguna utilidad, si no para prever los acontecimientos futuros, para extraer conclusiones en relación con los contenidos inconscientes.
Más allá de la herramienta usada para decodificar el lenguaje onírico, está al alcance de todos hacer una primera lectura de ese material que aflora, rico en simbolismo y generador de emociones intensas. El sólo hecho de prestar atención al despertarse para recordar las imágenes del sueño ya constituye un avance sobre el terreno incierto del inconsciente, que va de ese modo volviéndose gradualmente conciente.
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La disponibilidad ininterrumpida, a través de Internet principalmente, ha generado el desafío de administrar el tiempo para que ese elemento precioso no se escape entre los dedos.
Después de afrontar una sesión de bombardeo de los más diversos medios de comunicación, la capacidad de concentración queda prácticamente anulada. La improductividad es la menos nociva de las consecuencias, ya que la dispersión constante genera un sentimiento de frustración rayano en la apatía. Llegado este punto la recuperación sólo se logra cambiando completamente de tema.
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