Yael Barcesat, Calidad de vida
Es profesora del Método DeRose, la sistematización contemporánea de una cultura milenaria que se transmite como un arte. Actualmente dirige el equipo de instructores de la Sede Decana del Método DeRose en Buenos Aires. Dicta periódicamente cursos teóricos y prácticos sobre esta filosofía, que propone la expansión de la conciencia en todo sentido, buscando desarrollar tanto el autoconocimiento como la conciencia del ambiente que nos rodea. Es también demostradora profesional de coreografías, que se muestran en su site, www.yaelbarcesat.com.ar

Arte sobre siembra en la prefectura de Aomori, Japón
Vivir hoy según ideales que se quiere que sean los paradigmas del mañana es abonar el suelo donde ese mundo echará sus raíces. Se puede apostar a cambiar el mundo desde el activismo político, la acción social, incluso el reclamo anónimo. No obstante, el hecho de que todas esas acciones pretendan amoldar el entorno a los deseos de una persona o de un grupo, muchas veces minoritario, hace difícil que evolucionen a una forma más o menos concreta de cambio.
La alternativa de empezar por sembrar el suelo fértil de la vida personal, con la influencia que eso ejerce en los seres y cosas que la integran, parece simplemente una tarea descabellada, trabajo de hormiga. Esa vía, no obstante, adquiere dimensiones ciclópeas gracias a su reflejo en los miembros del círculo más íntimo en principio, y luego en otros más periféricos.
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Apenas comienzan a insinuarse una vocación, una relación, una forma de pensar, un hábito, inmediatamente son asociados a una forma de comunicarlos y compartirlos con el mundo que nos rodea. Así adquieren características que muchas veces les son ajenas, ya que se busca reducir lo particular a lo general, y hacer encajar lo individual en lo colectivo.
Aquella sensación indescriptible que desencadenó la lectura de una novela pierde algo de su identidad al ser evocada ante a un interlocutor cualquiera, con el cual siempre se busca el nacimiento de la complicidad o de la controversia. Se adapta la descripción a los fines de la charla, y muchas veces la sensación original es olvidada por la etiqueta del discurso, que la inmovilizó como a una mariposa capturada en pleno vuelo.
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Sembrador a la puesta del Sol, Vincent Van Gogh
Hay una reciprocidad natural en los seres humanos. Sería raro no sentirse “en deuda” con alguien que nos haya hecho un favor, que nos haya alivianado un peso o allanado el camino para conseguir un objetivo cualquiera. Ese sentimiento de retribución pendiente puede desencadenar diferentes reacciones, desde la huida culposa hasta el pacto de lealtad a ultranza.
Lo raro es que, habiendo constatado tantas veces la existencia de ese mecanismo del ser humano que impulsa a igualar los dos miembros de la ecuación, a devolver con la misma moneda, pocas veces se utiliza conscientemente con fines prácticos. Si dar genera un deseo de retribuir en el destinatario, entonces la generosidad no es más que hacer circular una energía que no se pierde, sino que vuelve en forma renovada, de una manera o de otra.
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La ola de Okusai
Fernando Pessoa se preguntaba de dónde venían las palabras que escribía su pluma, quién era el que escribía a través de él, en un intento por encontrar la fuente de conocimiento de la cual emanaban las ideas que, no pocas veces, lo sorprendían por su lucidez una vez volcadas al papel.
En el silencio de la percepción, con los sentidos puestos en el microcosmos interno, las ideas tienden a surgir con una originalidad que nos toma desprevenidos. Al invertir el flujo de los contenidos, dejando de absorber y pasando a irradiar, ese conocimiento individual sale a la superficie, se vuelve consciente, e incluso da lugar a un aprendizaje diferente del acostumbrado: el autoconocimiento.
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El grito, Munch. Imagen: radio.capital
Una vez presencié la organización de un desfile de modas, y me llamó la atención la conducta del director general: el señor se paseaba por el predio brindando orientación y atendiendo múltiples consultas de sus allegados. Sólo que todo eso era compartido con los presentes (unas doscientas personas entre modelos y técnicos) por medio de un micrófono corbatero que captaba cada palabra proferida y difundido por los poderosos parlantes que alcanzaban a toda la comitiva.
Su recurso era amplificar el volumen de la voz para disminuir la temperatura de las emociones. Es sabido que los eventos que involucran grandes cantidades de personas coreografiando una secuencia de tareas de manera sincronizada, constituyen un desafío de administración del stress para todos los participantes, pero especialmente para quien está en la dirección general.
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Foto: knips.at
La semana pasada escribimos sobre ampliar la percepción más allá de los límites de nuestro espacio vital, incluyendo en él más elementos del entorno. Este es el relato de una de las salidas nocturnas para repartir abrigos, ropa y calzado que se juntaron en las escuelas del Método DeRose. Fue una manera objetiva de ampliar el espacio vital.
El recorrido era muy conocido: el bajo, Avenida de Mayo, 9 de Julio… lugares donde hay mucha gente que duerme cotidianamente en la calle. Íbamos parando al ver personas que viven a la intemperie, les preguntábamos qué ropa precisaban, y nos respondían sin vueltas: “un pantalón y guantes”, “una campera”, “zapatillas”. Una vez que encontrábamos la prenda, ofrecíamos algunas cosas más, y para nuestra perplejidad recibíamos discretas negativas “no, listo, ¡gracias!”.
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